EL PELIGRO DEL DESEO
Cuando las cosas se
resuelven existe Dios.
El deseo es la
enfermedad más importante de la mente porque lo que lleva al bienestar de la
mente es precisamente el no desear. Se puede desear tener dinero, tener poder y
hasta desear a Dios, pero ese no es el camino de la transformación interior.
Cuando se deja de
desear se siente por fin que uno está en casa, dichoso, tranquilo, que la vida
está disponible para uno y uno para la vida. Desaparece la separación, la
división y ese estado de unidad es llamado Dios.
«En lugar de buscar a
Dios para que se resuelvan las cosas, mejor resuelve porque cuando las cosas se
resuelven existe Dios».
El deseo es
esencialmente mundano porque surge de la idea de que a uno le falta algo. Dios
se ha transformado en algo mundano porque también se lo desea como una cosa.
Una persona
verdaderamente espiritual puede ser no creyente, porque el que cree también
desea algo, cree con la mente y esa no es una experiencia directa.
«La espiritualidad es
fundirse en la totalidad, es dejar de ser uno para ser el todo».
El que tiene confianza
en la vida no necesitan creencias, vive, porque la vida es el aquí y ahora y no
hay que esperar a mañana para empezar a vivir. Cuando uno deja de desear a Dios
de pronto aparece en todas partes, porque la vida es Dios.
Tres hombres estaban
conversando y se planteó la hipótesis de qué harían si sólo les quedaran seis
meses de vida.
El primero dijo que si
le ocurriera eso se dedicaría a disfrutar de todos los placeres de la vida. El
segundo afirmó que se dedicaría a viajar, conocer el mundo; y el tercero
aseguró que si el médico le dijera que sólo le quedan seis meses de vida, consultaría
a otro médico.
Los tres están
esperando para vivir lo que desean cuando estén enfermos y seguramente no
puedan disfrutar; mientras ahora, que están bien, no hacen nada de lo que
quieren y siguen postergando. La esperanza es una forma de postergar la vida.
El Zen enseña a confiar
en la vida no a creer.
El Zen no es un camino,
porque no hay ningún camino, ningún método y tampoco hay que hacer nada ni
dónde ir. La verdad ya está aquí. Todo es un proceso, un evento, nosotros
también; y no hay nada que esperar.
La actitud Zen es
ausencia de esfuerzo, es estar consciente de que no hay que hacer ningún
esfuerzo. Los esfuerzos pueden servirle al ego para alcanzar algo que desea
pero no para lograr la meta definitiva ni llevarnos a Dios, porque Dios está
más allá del esfuerzo, en el silencio, en el vacío, en el espacio que no se
puede definir.
Lo que hay que hacer es
convertirse en testigo, no juzgar, comprender, ser más conscientes, estar más
despiertos para entender cada momento, estar presente observando para poder
darse cuenta que la única vida que hay es la común y corriente.
«Ser común y corriente
es ser espiritual, porque todo lo que es extraordinario es religioso, una
pretensión del ego».
Nadie quiere ser común
y corriente de modo que la mayoría siempre está deseando ser otra cosa.
Desprecian lo que hace en el presente y anhela un futuro imaginario; porque
hacer una tarea común la hace sentir que está malgastando su vida porque cree
estar destinada a cosas mejores.
Al aceptar ser común y
corriente, de pronto lo que parecía no tener sentido para uno se convierte en
un acto sagrado y cuando la acción se vuelve sagrada es una meditación, se
logra penetrar en la profundidad de la vida y ésta revela todos sus misterios.
Se aprende en ese
momento a recibir y cuanto más receptivos estemos, más disponible estará la
vida para nosotros. Sólo de esta manera se puede vivir en el presente, de otro
modo no se puede.
Deseamos otras cosas
porque no sabemos disfrutar de lo que tenemos y nos alejamos de nosotros mismos
porque no nos conocemos interiormente.
«El que es infeliz
haciendo un trabajo será infeliz haciendo otro que cree más importante, porque
las cosas externas no pueden cambiar tu interior».
Fuente: LA Iluminacion
Espiritual
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