LAS RELACIONES FAMILIARES Y SU IMPLICACION ENERGGETICA




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Las relaciones familiares y su implicación energética

Cuando desencarnamos y abandonamos el molde-hombre, nuestra alma queda libre y vuelve a vivir de acuerdo a sus sentidos internos en vez de a sensaciones, estímulos o apariencias del exterior. Al no estar atrapada en un cuerpo físico ni en un mundo material, el alma percibe nuevamente con nitidez y puede establecer relaciones con otros seres que son verdaderamente afines a ella, acordes a su ritmo, color, tono, composición álmica, etc. Estas relaciones son fluidas y se crean por naturalidad.
En cambio, aquí en la Tierra, las relaciones que atraemos hacia nosotros sirven como base para trabajar ciertos retos con el fin de modelar y cincelar nuestra energía, aprender y crecer. Aquí, en el mundo físico, concebimos las relaciones como una unión con algo externo, algo que está fuera de nosotros, en vez de como una unidad con nuestro propio Yo. El significado de toda relación es para que nos reconozcamos; es una comprensión de cómo nos relacionamos con la vida. Al igual que nuestra atracción o resonancia hacia determinados colores, tipos de música y lugares, las relaciones –todos aquellos con quienes entramos en contacto– son un reflejo nuestro para que hagamos acopio sobre quiénes somos.
Las relaciones familiares, nuestra familia biológica, también son un instrumento para que maduremos. Y comportan desafíos no exentos de dificultad por la inmensa influencia que ejercen. Al nacer, aunque todavía perdura en nosotros el recuerdo de nuestro verdadero Hogar –las energías de los reinos no materiales–, el bebé enseguida se ve sumergido en el “paradigma de los padres”: la visión que estos tienen del mundo, sus creencias, sus miedos, sus emociones más profundas y sus asuntos no resueltos, los cuales, inconscientemente, vuelcan en el niño.
Para un recién nacido, desprenderse de los reinos angélicos es un proceso doloroso. Sus padres, que ya están adaptados a la energía de la Tierra, han absorbido gran parte de las limitaciones, normas sociales y conductas que imperan aquí, las cuales no concuerdan con los recuerdos que tiene el bebé de cómo era su vida y su naturaleza antes de encarnar. Esto genera un conflicto inmenso en el alma recién llegada.
Para contrarrestarlo, el bebé siente la necesidad de acomodarse a esa nueva realidad que lo rodea, y lo hace buscando aprobación y ratificación en su ambiente. Buscará a toda costa el amor y la unidad que sentía en su otro Hogar, pero a menudo recibe mensajes confusos de sus padres, ya que estos, a su vez, fueron olvidando en el transcurso de su vida sus orígenes angelicales y perdieron su conexión con la Fuente. Aunque amen a su hijo y se esfuercen por procurarle lo mejor, ese “lo mejor” está ahora teñido de sus propios miedos y bloqueos.
La mayoría de los niños se esfuerzan tanto por encajar, por satisfacer el paradigma paternal, por conseguir el amor y la atención de sus padres, que pierden el contacto con su energía del alma original, cierran su corazón y se olvidan de quiénes son y de dónde vienen.

Este olvido se traduce en la pérdida de las tres grandes fuerzas con que contamos los seres humanos para desembrollarnos de cualquier atasco energético: 1) la pérdida de la maestría, es decir, el olvidar que somos creadores de todo lo que nos sucede, lo que nos convierte en víctimas en vez de en maestros; 2) la pérdida de la unidad, es decir, el creer que estamos separados de los demás; y 3) la pérdida del amor, lo que hace que el niño empiece a confundir el amor verdadero con emociones que nada tienen que ver con él, como el orgullo que siente un padre por su hijo cuando hace algo que la sociedad aprueba, o como cuando los padres vuelcan en sus hijos la necesidad de suplir la carencia de afecto o alguna clase de pérdida que ellos mismos sintieron de pequeños, lo que puede desembocar en que el niño asocie “te quiero” con “te necesito”.
Todo esto son señales y energías contradictorias para el niño que a menudo conducen a relaciones de dependencia emocional entre padres e hijos y de esos hijos con otras personas en su etapa adulta. Surgen tensiones, culpas, reproches, expectativas, insatisfacciones, falta de aceptación y comprensión, el sentimiento de no encajar o de no estar haciendo lo correcto.
Mientras somos niños, asumimos la conciencia de nuestros padres, y estos, a su vez, la de los suyos. Pero como adultos es responsabilidad nuestra reconocer esa impronta energética transmitida, quedarnos con lo que resuene con nosotros y soltar lo que no nos convenga de ese paradigma. Y en ese soltar nuestros padres también se liberan en cierto sentido, ya que dejamos en ellos una huella, un camino, que luego ellos podrán o no aprovechar, pero les brinda una oportunidad de salirse del patrón.
Soltar a nuestros padres no es abandonarlos físicamente, sino despedirnos de ellos interiormente, permitirles que también sean quienes son. Es una de las rupturas más poderosas que podemos hacer a lo largo de nuestra vida, pues nos reconecta con nosotros mismos y nuestro propio camino en la Tierra: “este soy yo y esto es lo que he venido a hacer aquí”. Esto es entrar en contacto con la energía del corazón.

El desafío detrás de las relaciones, especialmente las familiares, no es cambiar a nadie, no es tratar de mejorar nada, sino simplemente desenredarnos de la energía atascada y encontrar nuestra propia luz interior, llegar a ser quienes realmente somos. Nuestros padres nos brindan la oportunidad de hacerlo. Y si lo logramos, no solo recuperamos la maestría, la unidad y el amor, sino que estamos creando el espacio para que aparezca la verdadera familia espiritual, esos seres afines en los que nos reconocemos y con los que la conexión y relación resulta fluida, armónica y maravillosamente natural.

Fuente: Reconectando con Gema

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